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La curiosidad 'domesticada' #DiaMundialdelNiño

20/11/2015

Cuenta el divulgador Bill Bryson en su libro Una breve historia de casi todo que, cuando era niño, en los años 50, contempló con asombro una ilustración de su libro de ciencias, un libro "maltratado, detestado, un mamotreto deprimente". La imagen era una representación de la Tierra con un corte transversal que permitía diferenciar las distintas capas del planeta y la esfera central de hierro y níquel, "tan caliente como la superficie del Sol", tal y como indicaba el pie del diagrama.

La pregunta que se hizo Bryson al ver eso, según él mismo relata, fue: "¿Y cómo saben eso?". Su mente infantil, más allá de sorprenderse por todo lo que se extendía debajo del suelo, quiso saber cómo se hacía para obtener esa información tan fascinante. El libro de texto, sin embargo, tan solo le mostraba el resultado, le contaba el final de la historia, le llevaba al destino sin permitirle disfrutar del viaje... ése que realizan los investigadores e investigadoras.

Somos curiosos desde que venimos al mundo, y eso es lo que nos permite aprender. Parece evidente que los niños se hacen preguntas significativas. Su curiosidad los convierte en esponjas de conocimiento... pero ¿perdemos la curiosidad conforme nos vamos haciendo adultos? ¿o se transforma?

En un post de Pilar Quijada, ella menciona que cuando esa curiosidad innata que nos lleva a querer saber se altera, es síntoma de alguna patología: si disminuye, puede estar delatando una depresión o simplemente el paso de los años, ya que como muy bien apuntaban Azorín y Saramago, declina en la vejez. Por el contrario, si aumenta lleva a distraerse en exceso, como ocurre en el déficit de atención (TDAH). De ahí que tenga esa doble faceta que destacaba Eça de Queirós, que puede hacerla peligrosa, como gráficamente expresa el refrán: "La curiosidad mató al gato". En definitiva, se plantea que los extremos pueden ser perjudiciales.

Y, en los círculos educativos, se suele definir la tendencia actual como el surgimiento de una curiosidad “domesticada”, en la que se enfoca a querer conocer pero no por el conocimiento en sí… sino por la consecución del éxito profesional. Ella lo explica de la siguiente manera: “De ahí que gran parte de nuestra educación se centre en convertir la curiosidad innata de los niños, que los lleva a explorar su entorno sin atender a los peligros, en una curiosidad madura más refinada que nos lleve a alcanzar el éxito en nuestro trabajo”, afirma en su post.

Pero... ¿domesticar la curiosidad no es quitarle precisamente su esencia? ¿Tratar de encauzarla no es ponerle un bozal a nuestro cerebro, a nuestra creatividad, a la imaginación? Desde aquí defendemos una curiosidad integral, buena tal como es, sin manual de instrucciones, sin una hoja de ruta que la guíe. La curiosidad pura, la de los niños y niñas, ésa es la que nos gusta.

Ayer leímos un estudio en el que se afirma que el 90 por ciento de los científicos y científicas que han existido en la historia de la Humanidad... siguen vivos hoy en día. Cada vez más. Si algo tienen en común no es el talento -habrá más y menos- sino algo anterior a todo eso: la curiosidad. Lo resumía muy bien Einstein: "No tengo talentos especiales, pero sí soy profundamente curioso".

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