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El papel… ¿nostalgia, calidez o calidad?

14/12/2017

Cuando el público que nos visita en el Museo Casa de la Ciencia se toma unos minutos de descanso en medio de su recorrido y se sienta, por ejemplo, a tomar un café en nuestro “Punto de Ocio”, uno de los primeros mobiliarios que se topa en su mirada es una gran vitrina donde, entre otros objetos, se exhiben parte de los estupendos libros de divulgación científica que edita la Editorial del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), bien de forma individual o con la colaboración de otras casas editoras (aprovechamos y os recomendamos que le echéis un vistazo a su completo catálogo : http://editorial.csic.es/publicaciones/).

Y revisando las portadas de estos volúmenes recordamos esa discusión que fácilmente lleva más de dos décadas flotando en el aire de la cultura: ¿realmente llegará algún día el final del papel?  Aparecen cada día nuevos dispositivos electrónicos que permiten una lectura cada vez más cómoda: mejores pantallas de ordenadores sin reflejos y con gran resolución, libros electrónicos especialmente diseñados para que las letras tengan una calidez similar a la tinta, tabletas más livianas y rápidas, e incluso teléfonos móviles con grandes pantallas…

Miles de opciones para que la lectura pueda transcurrir a través del devenir del código binario, no obstante, se siguen imprimiendo en papel miles de libros todos los días y en todo el mundo; las impresoras siguen vomitando centenares de folios en todas las oficinas del Planeta; y en los centros educativos de todos los niveles aún los cuadernos cuadriculados siguen recibiendo los apuntes de millones de estudiantes.

¿Por qué no ha muerto el papel? Quizás por las mismas razones que no murió la radio con la llegada de la televisión, y también por las mismas que no se marchó la pantalla chica con el advenimiento de Internet… porque cada medio, cada soporte, tiene su propia temperatura, su particular momento, su espacio y su público.

La experiencia de estar sentado relajadamente en el sofá con un libro de papel en las manos que podemos sentir, oler, manejar, medir (saber con sólo una mirada lo que llevamos y lo que nos queda), marcar y recapitular, difícilmente se mejorará con dispositivos electrónicos, al menos en un futuro próximo. Todo ello sin contar con que a veces incluso por menos de los que nos cuesta un café en un bar podemos encontrar un estupendo libro en alguna librería de viejo… la eterna nostalgia de la conexión con el pasado.

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