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Emilio Alfaro, la ciencia de mirar al cielo

Emilio Alfaro reconoce con ironía que es un fracasado. Un fracasado porque se dedica a la ciencia y el fracaso en ciencia, dice, es consustancial a la misma: “Si alguien no está preparado para aceptar que sus ideas y resultados pudieran estar equivocados más vale que deje este trabajo”, sentencia. Trabaja como investigador en el Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA), del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), su campamento base para hacerse preguntas sobre el mundo que está sobre nuestras cabezas y dónde dirige el grupo de "Sistemas Estelares".

Las preguntas le vienen desde muy pequeño, cuando veía a su padre, científico no de carrera sino por afición, montando televisiones y radios por las noches en casa. Él era un niño empedernidamente curioso y –dejando al margen su “devaneo” con el toreo a los cinco años- siempre quiso ser científico. Y con su primer telescopio, la ciencia le abrió la ventana a la astronomía, donde hay tanto que descubrir: “Todo el Universo. Nuestro sistema solar es una verdadera mota de polvo dentro de nuestra Galaxia. Piensa en tu casa, como nuestro sistema solar, y pregúntate que hay mas allá de tu casa. La calle, el barrio, la ciudad, la provincia, tu preciosa isla, el país, el continente, el mundo”, afirma.

Alfaro, que además de científico es un gran divulgador a través de todos los medios posibles –internet, conferencias, radio… y un largo etcétera- tiene la opinión de que el estudio del cielo es “altamente adictivo”. Su trabajo en el IAA lo compagina con la presidencia de la Sociedad Española de Astronomía (SEA). Es de la opinión de que hay mucho desconocimiento sobre astronomía básica en la población general. Recuerda con cariño el día que un joven gitano del Albaicín, al conocer que era astrónomo, le preguntó: “¿Y el universo, qué?”. Nunca, de forma tan concisa le habían definido la tarea que se traía entre manos. “Si haces una encuesta en la población española sobre cómo se producen el verano y el invierno te puedes llevar muchas sorpresas, y probablemente la respuesta más citada sea que la Tierra está más cerca del Sol en verano que en invierno, cuando es todo lo contrario, y es una cuestión del ángulo con el que inciden sobre la Tierra los rayos solares”, cita como ejemplo.

El cielo del Yucatán es su paraíso particular. Y sacia su hambre de conocimiento en montañas de libros. Ahora, lee “Los detectives salvajes”, novela del escritor chileno Roberto Bolaño. Enamorado de Granada, donde vive, y a la que define como “bella, contradictoria y difícil”. Allí, en el IAA, uno de los centros más prestigiosos de Europa en la investigación sobre astronomía, intenta que el conocimiento se extienda. Conocer por conocer. La ciencia básica también debe tener un hueco en la mente de cada ciudadano. “La gente cada vez se preocupa menos por saber cómo funcionan las cosas, y lo que quiere es que le resuelvan los problemas de forma inmediata”, destaca Alfaro. “Como dijo Arthur C. Clarke, una tecnología muy sofisticada es indistinguible de la magia. Vivimos en una sociedad que se preocupa menos por el conocimiento y más por la tecnología mágica. Por eso exigimos a los científicos que se conviertan en tecnólogos y satisfagan nuestras necesidades”, añade.

Crítico con la política científico-tecnológica de este país, “aunque no quiero entrar ahí porque sería como beberme un vaso de cicuta”, enfatiza con un gran sentido del humor. Emilio Alfaro piensa que la ciencia y la tecnología pueden ayudar a comprender mejor nuestro mundo y a dar recetas y buscar soluciones parciales a muchos problemas… “pero el aspecto fundamental para la resolución de los problemas de la humanidad reside en su capacidad de organizarse, establecer una serie de prioridades y ejecutar un plan de acción, de hacer política, en una palabra. Políticas inadecuadas o sencillamente criminales son grandes generadoras de catástrofes. Si no, léase el periódico de hoy”.

Si este perfil lleva demasiados entrecomillados es porque Emilio confiesa que su gran manía es hablar sin parar. De ahí su gran habilidad como divulgador científico. No aspira a otra cosa en la vida que a ser recordado como un hombre bueno. Es generoso y poco ególatra. “Un actor de reparto” en el mundo de la ciencia, se autodefine. No puede, no quiere ser otra cosa que la que es. Desde luego, la comunidad científica le echaría demasiado en falta si no interviniese en esta gran película con el cielo como protagonista.

 

Conoce las publicaciones de este investigador en Digital CSIC

 

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